jueves, 11 de diciembre de 2014

CONTROL MENTAL El problema nº 1 de la humanidad.

¿QUE ES UN DEPORTE?

Algo moderno, algo europeo, y algo que aparece en 1863.

Se trata simple y llanamente de una inversión del juego tradicional.

¿Y cuál es el mecanismo de esta inversión?



Pues el mecanismo de siempre: utilizar el juego para los fines de la modernidad, es decir, el lucro económico, la comercialización de toda actividad humana, la publicidad corporativista, la investigación farmacológica (llamada “medicina deportiva” y su “doping”), la construcción arquitectónica del mundo moderno, y –ante todo- el control mental de las masas al servicio de la ingeniería social del Nuevo Orden Mundial.



El deporte no sólo no es un juego, sino que supone ser su opuesto, su antítesis, su inversión. Sin embargo, las orgías deportivas de la modernidad se llaman –con ironía- “Juegos Olímpicos”, los cuales se celebran cada cuatro años en una ciudad diferente.

Hacer un seguimiento de las ciudades “olímpicas” sirve de riguroso esquema del plan de construcción arquitectónica, política y social del Nuevo Orden Mundial.

Después de unas tímidas ediciones, las primeras grandes olimpiadas del siglo XX se celebraron en Berlín, en 1936, donde

Adolf Hitler

en persona (junto con la élite que lo arropaba) comprobó el éxito de sus teorías y experimentos eugenésicos en materia de perfeccionamiento físico. Los atletas “arios” de la Alemania nazi, vencieron en la mayoría de las pruebas, a pesar del incordio que supuso para los organizadores la sonrisa vencedora de

Jesse Owen.


Tras la guerra, a partir de los años sesenta, se puede seguir la evolución del periplo arquitectónico, político y eugenésico de los juegos olímpicos:


Roma 1960 (fiesta de consolidación del Club de Roma),

Tokio 1964 (entrada de la élite japonesa en el Nuevo Orden Mundial),

México 1968 (estado mexicano controlado por gobernantes colaboracionistas con el imperio norteamericano),

Munich 1972 (reconciliación de Alemania con la “comunidad internacional”),

Montreal 1976 (Canadá cierra el contrato con el proyecto de centralización de poder occidental),

Moscú 1980 (los soviéticos son más colegas de lo que podría parecer: pre-perestroika),

Los Ángeles 1984 (presentación de nuevas drogas y nuevas tecnologías en la ciudad de las drogas y el cine),

Seul 1988 (tras Japón, control absoluto de la costa pacífica asiática),

Barcelona 1992 (masturbación de la nobleza europea, de manos de la casa Borbón con motivo del “quinto centenario del descubrimiento de América”.),

Atlanta 1996 (Atlanta, ciudad clave en el Nuevo Orden Mundial, con amenaza terrorista incluida),

Sydney 2000 (La Commonwealth cierra el siglo, haciendo encender la pira olímpica a una mujer aborigen),

Atenas 2004 (teatro mitológico ritual de la élite, y destrucción del estado griego),

Pekín 2008 (China, “ejemplo inspirador”, tal y como escribió


David Rockefeller),

Londres 2012 (chocolatada final y culminación arquitectónica del mundo moderno)…


Por supuesto, se comprobará que Estados Unidos es el comité que más olimpiadas ha organizado (junto al británico). Además, los estadounidenses son siempre los atletas que ganan mayor número de medallas (¿medalla no es una condecoración militar?). Por lo tanto, Estados Unidos serían los “campeones”… ¿de qué? De algo llamado “espíritu olímpico”, consistente en la competitividad alrededor de parámetros estadísticos, cronométricos y físicos.




¿Alguien se ha planteado profundamente qué carajo importa correr 100 metros en 11, 10, 9, 8 ó 7 segundos?

¿Alguien puede decir una diferencia esencial entre derribar y no derribar un listón cuando se salta?

¿Alguien puede valorar positivamente a gimnastas que han destruido su mente y su cuerpo con fármacos, dietas hipercalóricas, y tortuosos entrenamientos de “alto rendimiento”?

Sólo una mentalidad puede hacer este tipo de cosas, la mentalidad que creó el deporte: la mentalidad eugenista.

Sin embargo, el deporte tal y como se presenta actualmente en pleno siglo XXI, trasciende incluso hasta el maldito “espíritu olímpico”.

Las “Olimpiadas” tendrían más relación con proyectos arquitectónicos modernos y especulaciones inmobiliarias municipales, que con el deporte propiamente dicho.

El deporte es –hoy en día- una superestructura metacorporativa que incluye massmedia, multinacionales textiles, ministerios estatales (de “deporte”, algunos integrados en “cultura”, o peor aún, “sanidad”), mercado de valores, publicidad, ingeniería social, plataformas digitales, investigación médica… e incluso esta superestructura estaría fundida y mimetizada con Hollywood y la “cultura pop”.

Para ilustrar esto último, basta recordar –por poner unos pocos ejemplos- que los multimillonarios jugadores de la NBA,

Michael Jordan, Dennis Rodman, Saquille O´Neal,

protagonizaron

blockbusters

de

Hollywood;

y aquel último

–O´Neal-

está en la larga lista de deportistas de baloncesto,

football,

boxeo y otros, que participaron en la grabación de un CD de hip-hop y de pop. Una vez más, todo es mucho más grave de lo que puede parecer a simple vista.

En Estados Unidos, el deporte de élite (se llama así: “de élite”) depende completamente de la estructura universitaria, y esa dependencia hace que bestias de carga analfabetas tengan “becas” y puedan graduarse en todas las universidades estadounidenses.

Algunos de estos licenciados universitarios se harán millonarios gracias a la superestructura deportiva (otros, no). Sólo la NBA (Baloncesto), maneja 650 millones de dólares cada año sólo en los salarios de las plantillas, y la

American League

(béisbol) y la

NFL (football)

manejarían cada año cifras ligeramente inferiores. Precisamente el

football,

sirve de pretexto para una especie de fiesta ritual de la sociedad norteamericana: La

Super-bowl,

un partido de fútbol amenizado con shows de los artistas pop del momento, y con la presencia en el graderío de estrellas de Hollywood. El evento es retransmitido a 135 millones de personas que asisten por televisión. Por ello, treinta segundos de publicidad en la Superbowl cuestan por encima de 2 millones de dólares , y allí siempre están anunciándose las corporaciones con más proyección del año.

Algo parecido ocurre en Europa con el fútbol, sólo que el fútbol europeo tendría otra forma y reglamento. Se trata del reglamento inglés original. También inglés será el origen de la mayoría de deportes profesionales en Europa y Asia.

El tenis (con un circuito internacional, A T P, que reparte 20 millones de dólares en premios),

el rugby (deporte que une estrechamente a los países de la

Commonwealth),

el cricket (que a través del imperio británico, se impuso en Asia central)…


Mención especial merecería el automovilismo y su infame “Fórmula 1”, espectáculo privado en manos de ignominiosos magnates británicos (Ecclestone y los otros accionistas de Alpha-Prema) en donde el cártel industrial automovilístico europeo (Ferrari, Mercedes, BMW, Renault…) hace pruebas de sus investigaciones tecnológicas. Se trata de un deporte en el que los miembros del equipo son ingenieros, el fruto del equipo es una máquina (el coche), y el equipo deportivo en sí, es una corporación con logotipo. Sus propios participantes lo hacen llamar “el circo”, y actualmente nadie puede concretar los miles de millones de dólares que la F1 manejaría cada año. Se trata posiblemente del ejemplo deportivo más vergonzoso y que mejor ilustraría la funcionalidad del deporte en el Nuevo Orden Mundial, a todos los niveles: económico, publicitario, corporativo, eugenésico, psicológico, cibernético…

¿Alguien puede diferenciar un piloto de Fórmula 1 de un piloto de caza de guerra?

Sólo existiría una forma: uno lleva logotipos publicitarios en su mono, y el otro lleva insignias militares. Y aun con esta indicación, ¿existe alguna diferencia verdadera entre los logotipos y las insignias de las fuerzas armadas modernas?


No, no la hay; no existen diferencias: mismas formas y mismos contenidos.


Pero si ante toda la vasta oferta deportiva de la modernidad, hay que abordar sólo un deporte, este será el “deporte rey”, el fútbol, el más popular en Europa y sus antiguas colonias de América, África, Asia y Oceanía, y que ya en el siglo XXI, ha alcanzado cotas de poderío sobre las masas difíciles de evaluar.

Se trata del fútbol, el caso arquetípico del “deporte global”

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